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El mercado laboral cambió. ¿La universidad también?

Estudiantes universitarios analizan el futuro del mercado laboral, la inteligencia artificial y las nuevas competencias profesionales.

La inteligencia artificial, los datos y la transformación de las profesiones están modificando lo que las empresas esperan de los nuevos profesionales. El reto para las universidades ya no es solo transmitir conocimiento, sino formar personas capaces de aplicarlo, adaptarse y seguir aprendiendo.

Durante décadas, la ruta parecía clara: estudiar una carrera, graduarse, conseguir empleo y construir una trayectoria profesional. El título universitario era el principal pasaporte de entrada al mercado laboral. Hoy sigue siendo importante, pero ya no es suficiente.

Como explica Heidy Melissa Bautista, docente del programa de Ingeniería Industrial de la Universidad de América, la transformación del entorno profesional está llevando a las empresas a valorar no solo los conocimientos adquiridos durante la formación universitaria, sino también la capacidad de los profesionales para aplicarlos, resolver problemas y adaptarse a escenarios cambiantes.

Heidy Melissa Bautista, docente de Ingeniería Industrial de la Universidad de América, experta que analiza la transformación del mercado laboral y las nuevas competencias profesionales.

Heidy Melissa Bautista; docente del programa de Ingeniería Industrial.
Foto:  Dirección de Comunicaciones y Mercadeo; Universidad de América.

Las empresas están formulando preguntas diferentes: ¿qué sabe hacer un profesional?, ¿qué problemas puede resolver?, ¿cómo toma decisiones con datos?, ¿cómo trabaja con otros?, ¿qué tan rápido aprende y cómo utiliza la tecnología?

Este cambio está obligando a replantear la relación entre universidad, estudiante y empresa, y a preguntarse cómo debe evolucionar la educación superior para responder a las nuevas necesidades del mercado laboral.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial proyecta que hacia 2030 la transformación estructural impactará aproximadamente al 22 % de los empleos actuales y que cerca del 39 % de las competencias fundamentales de los trabajadores cambiarán o deberán transformarse.

El mercado laboral está evolucionando rápidamente. La pregunta, entonces, es si la educación superior está evolucionando al mismo ritmo.

Del conocimiento a la capacidad de resolver

Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible de manera inmediata. Hoy es posible acceder a cursos internacionales, consultar información en segundos, utilizar inteligencia artificial y analizar grandes volúmenes de datos desde prácticamente cualquier lugar.

Por eso, el valor de la universidad no puede estar únicamente en transmitir información. Su desafío es formar profesionales capaces de interpretarla, contrastar, crear a partir de ella y convertirla en soluciones.

Esto supone pasar de una formación centrada exclusivamente en contenidos a una educación que también desarrolle capacidades. El conocimiento disciplinar sigue siendo fundamental, pero debe ponerse a prueba frente a problemas reales.

Una universidad puede preparar a un estudiante para aprobar asignaturas; una universidad conectada con el mundo profesional debe prepararlo también para enfrentar problemas que no tienen una respuesta predeterminada.

La empresa también evalúa a la universidad

Cada graduado representa, en cierta medida, una muestra del ecosistema en el que fue formado. Cuando un profesional puede abordar problemas abiertos, trabajar interdisciplinariamente, utilizar datos, argumentar sus decisiones, adaptarse a nuevas tecnologías y aprender de manera autónoma, también se evidencia la capacidad de la institución para desarrollar esas competencias.

Por el contrario, cuando existe una brecha persistente entre lo aprendido y lo requerido profesionalmente, la pregunta también interpela al modelo educativo.

En Colombia, este desafío adquiere especial relevancia. En junio de 2026, la tasa nacional de desempleo se ubicó en 8,0 %, mientras que entre los jóvenes de 15 a 28 años alcanzó 14,7 % en el trimestre abril-junio. Son cifras que responden a múltiples factores y no pueden atribuirse exclusivamente a la educación, pero sí plantean una pregunta necesaria sobre la transición entre formación y empleo y sobre las competencias que demanda el aparato productivo.

El aula ya no puede ser el único escenario

La calidad universitaria también debería medirse desde nuevas preguntas: ¿qué problemas reales resolvió el estudiante?, ¿en qué proyectos participó?, ¿con qué organizaciones interactuó?, ¿qué tecnologías aprendió a utilizar y qué evidencias puede presentar de sus competencias?

En este escenario, las empresas pueden convertirse en aliados del proceso formativo: plantear retos, compartir problemas, aportar datos y validar soluciones.

Experiencias como el LabTour2026, desarrollada por la Universidad de América para acercar empresas a laboratorios, capacidades tecnológicas, semilleros de investigación y modelos de innovación, son una muestra de cómo puede fortalecerse esa conexión entre academia y sector productivo.

Pero transformar la universidad no significa simplemente incorporar inteligencia artificial, programación o nuevas herramientas. Las tecnologías cambian y las profesiones seguirán evolucionando.

Por eso, una de las competencias más importantes que puede desarrollar la universidad es la capacidad de aprender durante toda la vida.

Pensamiento crítico, creatividad, comunicación, ética, trabajo interdisciplinario, pensamiento sistémico, manejo de datos y adaptación tecnológica tendrán que convivir con una sólida formación profesional.

Formar profesionales para un mundo que todavía no existe

No estamos ante el final de la universidad. Estamos ante la necesidad de una universidad capaz de responder a la velocidad con la que cambia el mundo.

Esto también debería transformar la manera en que los jóvenes eligen dónde estudiar. Más allá del precio, la ubicación o el prestigio, deberían preguntarse qué experiencias ofrece una institución, qué relación tiene con las empresas, qué oportunidades existen para investigar, crear y experimentar y, sobre todo, qué tipo de profesional ayuda a construir.

Una universidad no entrega únicamente un diploma. También contribuye a formar una manera de pensar, resolver problemas, tomar decisiones y relacionarse con el entorno profesional.

El desafío para la educación superior no es adivinar cuál será el próximo empleo o cuál será la próxima tecnología.

Es formar profesionales capaces de enfrentarse a ambos cuando todavía no existen.

Porque el mercado laboral seguirá cambiando.

La pregunta es si nuestras universidades están cambiando con él.

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